EL CUARTO GOBIERNO DEL FRENTE AMPLIO

Carta en Búsqueda: EL BALOTAJE NO ALCANZA

Señor Director:

Quienes apoyamos la Concertación en Montevideo, sosteníamos que en lo nacional no hacía falta, porque para sumar los votos de la oposición alcanzaba el balotaje. Estábamos equivocados. El balotaje, según la evidencia acumulada, no alcanza para trasladar todos los votos opositores de octubre a noviembre. Y bien mirado, es razonable: la gente no puede creer que quienes en octubre se disputaban agriamente el favor ciudadano (invocando razones ideológicas, programáticas y hasta personales), de un día para otro sean capaces de conciliar criterios para actuar de consuno, acordar las políticas públicas, disponer de mayorías parlamentarias sólidas y, en fin, otorgar las certezas que se esperan de un gobierno. Si la oposición llega a primera vuelta dividida, no puede asegurar esos atributos; entonces, en el balotaje, hay quienes prefieren votar malo conocido. Los candidatos y los partidos de oposición, que llegan separados a octubre, pierden votos en noviembre (siempre y muchos, como muestra el gráfico), porque no pueden superar la ausencia de “moral de equipo”, cuya expresión más rústica es “Yo a Fulanito no lo voto”. El balotaje es funcional a la coalición Frente Amplio, y deja sin chance a la oposición, atrapada en paradigmas largamente superados por la presente configuración del sistema político uruguayo. La alternativa cantada, es armar una coalición opositora en serio. Una coalición como el propio Frente Amplio, la construcción política más exitosa de nuestro último medio siglo. Desde luego, debe explicitarse cómo, cuándo, con quiénes, por qué, para qué, y tantísimos otros que no son objeto de esta carta, que pretende apenas insinuar los extremos más urgentes.

Por lo pronto, conviene desengañarse de entrada: las fronteras que hacen posible o imposible un acuerdo, no pasan por donde a cada uno le gustaría. Las “familias ideológicas” no son perfectas, uno no elige a sus parientes. Y los partidos grandes, como las familias grandes, son “catch all”. Hay una seña, sin embargo, que distingue al Frente Amplio de todos los demás: en el Frente, junto a inofensivos útiles, están amontonados los que respaldan a las dictaduras, hoy igual que ayer. Hoy a Venezuela, igual que ayer al bloque soviético, y siempre a Cuba. Unos que se alzaron en armas en el 63, dejando una secuela de muerte y rencor que seguimos padeciendo; otros que lamían botas en el 73, a cuenta de un atajo para imponer su programa mesiánico; todos que se pasan la voluntad popular por las partes, y atropellan a la Constitución a pura fuerza bruta. Gente que no es demócrata, ni republicana, ni liberal. Con esos yo no voy ni a misa. Las fronteras familiares, pues, a mi juicio, dividen de un lado al Frente Amplio, y del otro a todas las fuerzas opositoras (excepción hecha de UP, que juega en otra liga). Quienes compartan esta opinión, no vacilarán a la hora de apoyar al candidato opositor que pase al balotaje, cualquiera sea este, y cualquiera sea el candidato frenteamplista (que no caben dudas, pasará al balotaje).

La cuestión no sería, entonces, si armamos una coalición opositora, sino cuándo la armamos. Si nos inclinamos ante la evidencia de las últimas tres elecciones ganadas por el F.A., o nos timbeamos cinco años más a un resultado incierto. Si sentimos que estamos atravesando una situación de emergencia nacional, o seguimos soportando a Bonomi, Murro, Arismendi, Sendic, De León, Mujica, Topolansky, Vázquez, Astori, Cosse, Nin, Martínez, Muñoz, Benech, Miranda, siguen firmas. Si creemos que un cuarto gobierno frenteamplista infligiría daños ya catastróficos al país, y que es urgente reorientar las políticas públicas, y que para eso no alcanza con ganar las mayorías parlamentarias, sino que hay que hacerse cargo del Poder Ejecutivo. Si este es el caso, entonces el instrumento es una coalición opositora en serio, completita; política, programática y electoral; con sacrificios personales y partidarios (si los hubiere) incluidos. Más precisamente, por las restricciones que impone nuestra legislación electoral, es menester armar y presentar esa coalición en las internas de mayo del año que viene. Así de urgente, así de serio.

La buena noticia es que coalición no equivale a disolución ni a prisión perpetua. En efecto, sólo por ignorancia o mala fe (o la frecuente combinación de ambas), puede confundirse coalición con fusión (preguntale al Partido Comunista, al Partido Socialista, al Movimiento de Participación Popular, a Asamblea Uruguay, y a todos los demás que mantienen su marca y su autonomía en la coalición Frente Amplio). Por lo mismo, cualquier coaligado puede abandonar la coalición cuando le venga en gana (preguntale a Mieres y a Novick). La coalición, en fin, es un expediente habitual en los países civilizados, que los partidos de oposición uruguayos (todos ellos: el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente, el Partido de la Gente) están en condiciones de ensayar. Si empezamos a zurcir ya, llegamos a tiempo.

Miguel Manzi

 

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