¿CUÁNTAS DERROTAS HACEN FALTA?

¿CUÁNTAS DERROTAS HACEN FALTA?

Las encuestas, como se ha dicho mil veces, son apenas fotos de la realidad; siendo que lo importante no es la foto, sino la película (ahora diríamos la serie; aún más, la serie larga). ¿Cuán larga debe ser la serie para ser relevante? Depende… Por ejemplo, en Uruguay, el sistema de balotaje rige desde las elecciones de 1999; llevamos, pues, cuatro contiendas bajo su imperio. De ellas, tres tuvieron el mismo resultado (a mis efectos), y la cuarta fue ganada en primera vuelta por la coalición Frente Amplio (lo que no debilita, sino que refuerza el caso que vengo a presentar); es una serie sólida (unánime). El caso de marras es que, si tomamos por un lado los votos de la coalición Frente Amplio, y por otro los votos de los demás partidos, y observamos su desempeño en la primera vuelta de octubre y en la segunda vuelta de noviembre, resulta que siempre, pero siempre, el conjunto de la oposición pierde votos, y el Frente Amplio gana.

PERDIMOS HASTA CUANDO GANAMOS

Notablemente, este fenómeno se dio incluso en el balotaje de 1999 (el primero cursado bajo el nuevo sistema electoral) en el que, como se recordará, ganó la fórmula colorada Batlle-Hierro, en oposición a la fórmula frenteamplista Vázquez-Nin. Pero incluso en esa ocasión, cuando ganamos, perdimos: en efecto, en octubre la suma de los votos no frentistas alcanzó el 59%; en noviembre, el guarismo bajó a 53%; aunque alcanzó para ganar, dejamos 6 puntos por el camino. En el 2004, ganó el Frente en primera vuelta. En el 2009, el Frente ganó el balotaje, y la oposición perdió también 6 puntos entre octubre y noviembre. Y en el 2014, como sabemos y padecemos, volvió a ganar el Frente, pero esta vez la oposición perdió 9 puntos entre primera y segunda vuelta (para consagrar la astronómica diferencia de 13 puntos entre la fórmula ganadora Vázquez-Sendic y la fórmula perdedora Lacalle Pou-Larrañaga). Estos comportamientos ambientan la sospecha de que la lógica del balotaje favorece a la coalición Frente Amplio; o más genéricamente, a las coaliciones. Y bien mirado es comprensible: hay un número de ciudadanos que no se traga la pastilla de votar a la fórmula del partido ajeno que pasa a segunda vuelta, contra la que hasta hace un mes atrás venía compitiendo apasionadamente. Ese gesto contra natura no se atempera lo bastante por la familiaridad ideológica (más o menos cercana, o lejana) y, dada la actual configuración del sistema político uruguayo (partido en mitades de dimensión variable, según modelo que enunció el Sordo González hace 20 años), una diferencia relativamente menor basta para definir el resultado a favor de la mitad frenteamplista. ¿Qué atempera los rencores? ¿Cómo se sortea el efecto “Yo a Fulanito no lo voto”? ¿Cuál es el artilugio en cuya virtud un bolche vota a un tupa -enemigos jurados- o un lata vota a un tibio socialdemócrata? La coalición, muchachos, la coalición. Ese consagrado expediente político a cuyo través varios partidos -veintipico en el caso del F.A.- combinan sus fuerzas para ganar elecciones. Expediente que es especialmente funcional, ni qué decirlo, bajo sistemas de balotaje por cuanto, en el tránsito de primera a segunda vuelta, una coalición mantiene su fórmula y toda su oferta política incambiada, no tiene nada que justificar, ni aversiones personales o partidarias que morigerar, porque ya están asumidas, desde mucho antes de la primera vuelta. En cambio, los partidos que comparecen por separado a primera vuelta, después, dando volteretas en el aire, pretenden que su electorado acompañe a una fórmula (y a un programa, y a un estilo) que les resulta completamente ajena.

ESTA VEZ SERÁ DISTINTO

Pese a la contundente experiencia acuñada en 20 años, ante cada ciclo electoral hay quienes piensan que esta vez será distinto. Que, ahora sí, le ganamos a la coalición Frente Amplio. ¿Quién le gana? ¿Una coalición opositora? No, qué va, ni falta que hace. Le gana la fórmula de aquel partido que pase a segunda vuelta. ¿Y cuál sería la afortunada esta vez? A tenor de las declaraciones registradas en los últimos meses, Pablo Mieres no descarta que el Partido Independiente pueda pasar al balotaje; Edgardo Novick opina lo mismo del Partido de la Gente; todavía no, pero pronto habrá quien crea que el Partido Colorado pasa; las encuestas, en tanto, otorgan un clarísimo segundo puesto (cuando no el primero) al Partido Nacional que así, visto con la fiebre baja, es el candidato a todas luces más razonable para pasar a segunda vuelta. ¿Y qué fórmula nacionalista? Vaya Ud. a saber; pero, salvo un improbable apocalipsis, habría de estar encabezada por Lacalle Pou o por Larrañaga. ¡Ay, ay, ay! Ambos candidatos ya compitieron con el Frente Amplio, y ambos perdieron el balotaje. ¿Que esta vez será distinto? ¿Qué cosa, más precisamente, habría de ser distinta? ¿Los candidatos estarán más inspirados? ¿Las campañas serán más novedosas? ¿Los recursos más abundantes? ¿O contamos con las debilidades del adversario? ¿El desgaste del gobierno? ¿El candidato de ocasión? ¿El estado de la educación? ¿La seguridad? ¿El desempleo? ¿Alguien cree, por un acaso, que el Frente Amplio en el gobierno carece de los recursos -y de la impudicia para utilizarlos- para balancear esas eventuales debilidades? ¿Alguien piensa que un proyecto de tan larga y arraigada acumulación como el del F.A. se derrumba en un par de años? ¿Alguien sostiene que declinación equivale a derrota en el corto plazo? Puesto de otro modo: ¿alguien supone que en el próximo balotaje se invertirá la tendencia firme y pronunciada de pérdida de votos de la oposición? ¿Por qué cuernos habría de ocurrir tal milagro?

CONTINUIDAD O CAMBIO

Si los razonamientos anteriores son más o menos ciertos, si todos los antecedentes obligan a pensar que, ceteris paribus (“en igualdad de condiciones”), el próximo balotaje lo vuelve a ganar el Frente Amplio, entonces, quienes pensamos que un cuarto gobierno frenteamplista infligiría daños ya catastróficos al país, estamos obligados a priorizar el objetivo superior de cambiar el signo del gobierno, por sobre cualquier otra aspiración partidaria, sectorial, y ni qué hablar personal. Y hasta donde alcanza la corta inteligencia de este modesto escriba, mientras haya balotaje, la coalición Frente Amplio solo puede ser derrotada por una coalición de todos los partidos opositores. Una coalición temprana e integral, como el propio Frente, que permita sortear el efecto “Yo a Fulanito no lo voto” a través del trabajo en conjunto en los meses previos a la elección. Una coalición que haga posible llegar a octubre con un programa común, pero también con una fórmula común, mutipartidaria. Una coalición que, para alcanzar estas características, según nuestra legislación electoral, debe constituirse desde las elecciones internas. Una interna grande, pues, en la que compitan todos los candidatos de todos los partidos de oposición democrática: el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente y el Partido de la Gente (Lacalle Pou, Larrañaga, Alonso, Antía, Amorín, Amado, Talvi si se larga, Mieres, Novick, otros si los hay). Por ley, el candidato a presidente será quien resulte más votado; por acuerdo político, el candidato a vice será el más votado del segundo partido más votado, asegurando así una fórmula multipartidaria. Y en el tránsito, tendremos una interna efervescente y altamente competitiva, marco para un gran debate de ideas del bloque republicano y liberal, que permita articular un gran proyecto alternativo, contando con un gran equipo técnico, encarnado en un gran elenco político, capaz de conducir un gran gobierno para cambiar el rumbo del país. Eso, o más Frente Amplio.

Miguel Manzi
miguelmanzi@gmail.com
Publicado por Portal MontevideoComm y Semanario Opinar. Mayo 28, 2018

 

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