MÁS O MENOS COALICIÓN

MÁS O MENOS COALICIÓN

Tras la visita de Sanguinetti a Lacalle Pou y Larrañaga, la coalición opositora quedó definitivamente instalada en la agenda política. Ahora la cuestión ya no es coalición sí-coalición no, sino qué tipo de coalición, cuándo, con quién, cómo se llama, dentro de un amplio arco de opiniones. El diario El País reiteró la suya: “No hace falta conformar una coalición: alcanza con reunir a los precandidatos de los distintos partidos opositores para acordar una agenda común. Y como dijo Lacalle Pou, hay partidos minoritarios cuya participación en esa mesa resulta clave para fortalecer el objetivo”. Edgardo Novick recordó que hace rato viene reclamando la Concertación a escala nacional. Pablo Mieres fue crítico con la reunión aunque, como quedó de manifiesto cuando intentó conformar un “polo socialdemócrata”, aprecia la necesidad de sumar fuerzas. Asimismo, en los últimos meses, Larrañaga entre los blancos y Viera entre los colorados propusieron sendos acuerdos programáticos; Javier García y Jorge Gandini actualizaron las preocupaciones sobre la Concertación en Montevideo; Iturralde sostuvo que los blancos tenían que armar algo más grande que el propio Partido Nacional. Y al cabo, días atrás, Adolfo Garcé sintetizó el estado del arte en este punto: “La construcción de una coalición alternativa está en la agenda y es posible (aunque) está lejos de ser inminente”.

DOS MITADES Y UNA GRIETA

En materia de coaliciones hay una línea de mínima, que es un acuerdo exclusivamente electoral (siempre estará maquillado, pero se nota); una línea de media, que combina lo programático con algún compromiso político, alguna división del trabajo, algún mix; y una línea de máxima (llamémosle “coalición integral”), que abarca coincidencias estratégicas, programáticas, organizacionales y electorales (el ejemplo más cabal es el Frente Amplio). Después, cualquiera sea su densidad, las coaliciones se desenvuelven en distintos sistemas partidarios. En Uruguay, además de los resultados electorales, hay encuestas de todo tipo y color, entre las que destaco una reciente de Opción, sobre escenarios posibles para el eventual balotaje en 2019. Este trabajo, como otros anteriores de otras empresas sobre el mismo objeto, sigue confirmando el país de “las dos mitades” que intuyó Luis Eduardo González hace veinte años: una mitad que vota a la coalición Frente Amplio, y la otra mitad que vota a los demás, con diferencias marginales (bien que decisivas) para un lado u otro. (Decía el Sordo que las mitades se caracterizan porque sus partes están más próximas entre sí, que con las partes de la otra mitad; y en efecto, las fuerzas opositoras, todas ellas, en especial durante el presente período, han votado y actuado consistentemente juntas y en contra de la coalición gobernante). Siendo así, según los manuales, en Uruguay existe una coalición dominante y varios partidos desafiantes, como en tantas partes del mundo. En esta circunstancia, los desafiantes tienen que resolver qué priorizan: el desarrollo de sus proyectos individuales, o el concurso para alcanzar el gobierno y cambiar el rumbo del país. Continuidad o cambio, ahí está la verdadera grieta, como con acierto enfatizó Pablo Mieres.

EL DIABLO ESTÁ EN LOS DETALLES

Sanguinetti propuso a los dirigentes blancos una coalición para gobernar, como la que él mismo instrumentó en 1995, en su segunda presidencia, con el Partido Nacional liderado por Alberto Volonté. Sin embargo, aquellas circunstancias eran muy distintas a las de hoy. Distinto era el sistema electoral: había acumulación por lema y no había balotaje (para los menores de 40 años: cada partido presentaba varias candidaturas presidenciales que acumulaban sus votos, y ganaba el partido que alcanzara la mayoría relativa, así fuera el 31%; y a su interior, salía presidente el candidato que votara mejor, así fuera con el 24% del total de votantes). Distinto era también el sistema partidario: estaba dividido en tercios casi perfectos, PC, PN y FA (la distancia entre el primero y el tercero en los comicios de 1994 fue menos de 2 puntos). Distintas entonces, inevitablemente, eran las necesidades y las alternativas de coalición. Por lo pronto, era inconcebible que dos de los tercios se coaligaran antes de las elecciones, en cuanto los tres competían con fundadas expectativas de ganar. Y en cambio, era obligatoria algún tipo de coalición después de las elecciones, para contar con mayorías parlamentarias que otorgaran gobernabilidad y respaldo al Poder Ejecutivo. Se trató la de 1995, pues, muy típicamente, de una coalición para gobernar. Sin embargo, hubo un detalle poco frecuentado: a la coalición para gobernar con los blancos, antecedió una coalición integral con el Partido por el Gobierno del Pueblo liderado por Hugo Batalla, que era la única entidad política significativa fuera de los tercios. Y como suele evocar el propio Sanguinetti (y lo ratifican los números), esa otra coalición integral fue decisiva para ganar.

PARA GOBERNAR HAY QUE GANAR

Dijo Sanguinetti, comentando su planteo a los dirigentes nacionalistas, que hoy es menester transmitirle a la ciudadanía que un cambio de signo del gobierno no significaría un salto al vacío, sino que tendría el respaldo de un acuerdo programático. “La gente no quiere tirarse a una piscina sin agua”, sostuvo quien fue dos veces presidente. Y tiene toda la razón. En la incertidumbre, “la gente” termina votando malo conocido. Pero entonces, un acuerdo programático no alcanza. Digo: un acuerdo programático es necesario para gobernar, pero no es suficiente para transmitir certezas; no es suficiente para ganar. No lo es hoy, como no lo fue en 1994: en aquella oportunidad, la diferencia no la hizo un acuerdo programático, sino el acuerdo integral, estratégico, programático y electoral, entre el Foro Batllista y el Partido por el Gobierno del Pueblo, expresado inequívocamente en la fórmula abierta, multipartidaria, victoriosa, Sanguinetti-Batalla.

EL QUE TENGA OJOS QUE VEA

Según todas las evidencias disponibles, si la oposición llega fragmentada a las elecciones pierde el balotaje; y un acuerdo solo programático, solo entre blancos y colorados, no alcanza para ganar. Por el otro lado, un cuarto gobierno del Frente Amplio infligiría daños ya catastróficos a la República. Si compartimos estas premisas, habremos de coincidir en que la emergencia reclama un esfuerzo superior: una coalición integral de todas las fuerzas opositoras, estratégica, programática y electoral (como el propio Frente Amplio) que, respetando las identidades de cada partido coaligado (como en el Frente Amplio), nos permita llegar a las elecciones de octubre del año que viene con una fórmula común, multipartidaria (como Vázquez-Nin, Mujica-Astori, Tabaré-Sendic), capaz de encolumnar a la mitad mayor, alcanzar el gobierno y empezar a cambiar el rumbo del país. Como escribió Sanguinetti, “los próximos meses dirán hasta dónde se puede llegar”.

Miguel Manzi
miguelmanzi@gmail.com
Publicado en Portal MontevideoComm y Semanario Opinar. Junio 11, 2018

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