PACTAR PARA GANAR

PACTAR PARA GANAR

Don Juan Pivel Devoto afirma que “el primero de los pactos suscritos en nuestra historia política” fue el que alcanzaron Rivera y Lavalleja en 1830, a falta de un mes exacto para la jura de la Constitución (Historia de los partidos políticos en el Uruguay, 1942). Para hacer corto un cuento largo: en los meses finales de la transición entre la revolución y la república, Lavalleja era Gobernador Provisorio y Rivera Comandante General de la Campaña, aspirando ambos a ocupar la presidencia en el inminente gobierno constitucional. Los forcejeos de uno y otro fueron subiendo la temperatura hasta que, en las puertas del enfrentamiento bélico, se alcanzó la “transacción de los generales”, que permitió seguir adelante con el cronograma político (jura de la Constitución, elecciones legislativas, elecciones presidenciales). “El convenio fue ratificado por Rivera, en las puntas del Miguelete, el 18 de junio de 1830”. En su cronología de nuestros pactos políticos, pues, Pivel no toma en cuenta el emblemático Abrazo del Monzón (albores de la Cruzada de 1825), que no fue suscrito sino verbal, tras un par de horas de conferencia sin testigos de los dos compadres, en un rancho a la vista de aquel arroyo. Pivel tampoco considera la Convención Preliminar de Paz de 1828 (acto constitutivo de nuestra existencia como estado independiente), supongo porque fue suscrita en Rio de Janeiro entre porteños y cariocas, sin intervención alguna de orientales. En todo caso, siguiendo disciplinadamente a Don Juan, estamos autorizados a proclamar que hace 188 años que se registran pactos, acuerdos, entendimientos, en nuestra historia política.

UN FRACASO ESTREPITOSO

A partir de 1830, Lavalleja le hizo la revolución a Rivera, Rivera le hizo la revolución a Oribe, Rivera le declaró la guerra a Rosas, Oribe le hizo la guerra a Rivera, y así estuvimos a los trabucazos hasta 1851. Cualquiera sea la fecha que se elija para datar su inicio, la Guerra fue Grande. En ese crisol de beligerancia, con toda la saga de muerte, miseria, extenuación y rencor que imaginarse pueda, se fundieron y fraguaron definitivamente los dos bandos, blancos y colorados, colorados y blancos. El evento que puso fin a la Guerra Grande fue la Paz de Octubre de 1851, inmortalizada por la frase “Ni vencidos ni vencedores” (cuyos derechos de autor se disputan Andrés Lamas y J.J. de Urquiza). La Paz de Octubre es una seña de identidad nacional, “relatada” como el ejemplo del talante y el talento que nos distingue como nación. Falso: el acuerdo duró lo que un lirio. No fue una paz, fue escasamente una tregua; a la vuelta de la esquina estábamos de nuevo a los sablazos. Y doblemente falso: los dirigentes ilustrados que negociaron sus términos, aspiraban a la desaparición de las divisas, y al establecimiento de un solo cuerpo político, donde tendrían cabida los elementos doctos de uno y otro bando. Dice Maiztegui: “El período que se extendió entre el fin de la Guerra Grande (1851) y la caída del gobierno interino de Atanasio Aguirre (1865) se caracterizó esencialmente por el intento político de eliminar las divisas blanca y colorada, a las que se responsabilizaba de la pasada guerra civil, logrando su fusión en un único partido” (Orientales – Una historia política del Uruguay, 2014). La política de fusión proclamaba un ideal absurdo: el consenso, solo posible en torno a las (pocas) cuestiones básicas que definen a una nación, o en las (pocas) encrucijadas históricas en las que un pueblo define su destino. El estado natural, en cambio, es dialéctico; y definitivamente lo es la naturaleza democrática, donde reina la libertad y, por tanto, la pluralidad. Eventualmente un puñado de doctores, en el contexto de una democracia recién parida aquí y en todo el orbe, creyera con sinceridad que podía constituirse un solo y único cuerpo dirigente que condujera los destinos del país. Pero, como los hechos se encargarían de consagrar, las mayorías transversales nunca compraron ese modelo, de inequívoca vocación aristocrática, sino oligárquica. La fusión no funcionó; la fusión era contra los partidos, y ganaron los partidos. ¿Esta circunstancia se mantiene incambiada? Por lo pronto, se mantuvo durante 188 años, bien que, durante las últimas décadas, con dramáticos cambios en sus protagonismos.

EL MODELO DE ÉXITO

Los partidos históricos arraigaron, como un siglo más tarde arraigaron los partidos que se llamaron “de ideas”. A los primeros no los desnaturalizaron los infinitos acuerdos alcanzados durante 188 años (a cuyos golpes se hizo la patria). A los segundos tampoco siendo que, a la postre, implementaron un modelo de acuerdo mucho más institucionalizado e integral, tanto como exitoso. En efecto, la coalición Frente Amplio, que pronto cumplirá 50 años (los últimos 15 en el gobierno), pese a sus pautas originales (una orgánica, un programa, un candidato), no conspiró contra la identidad de sus partidos coaligados. Algunos declinaron hasta desaparecer, sí; pero no por obra de la coalición, en cuyo seno permanecen, con variables resultados electorales, pero con invariable autonomía, el Partido Comunista, el Partido Socialista, el Movimiento de Participación Popular, Asamblea Uruguay, y todos los demás que con distinta suerte reivindican personalidad propia. Y véase: la coalición, apenas mayoritaria, con sistema de doble vuelta o balotaje se optimiza electoralmente, en cuanto la otra mitad del sistema se presenta fraccionada. Por cierto, el mes escaso que separa la primera vuelta de la segunda, no alcanza para persuadir al electorado de que el bloque opositor es una alternativa confiable y, ante la duda, vota malo conocido.

QUIEN TENGA OJOS, QUE VEA

Colorados y blancos alcanzaron pactos, acuerdos, coaliciones, entendimientos, coparticipaciones, cogobiernos, a lo largo de toda su historia, en bloque o por sectores. Pactaron batllistas, riveristas, catorcistas y quincistas; oribistas, nacionalistas, herreristas y wilsonistas. Pactaron caudillos y doctores; pactaron dirigentes de gigantesca estatura histórica. Pactó Batlle y Ordóñez, Luis Batlle, Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti; pactó Luis Alberto de Herrera, Wilson Ferreira Aldunate, Luis Alberto Lacalle. Pactaron en nombre de ideales y de intereses superiores y, como en todo pacto, cedieron de un lado y otro en busca del bien común. Pactar es la naturaleza de la política; otra cosa es mesianismo, autoritarismo, o guerra. La última experiencia fue la coalición de 2015 en Montevideo, en virtud de la cual se votó bajo un lema común (el Partido de la Concertación), pero cada partido presentando su candidato propio. La instrumentación, ni qué decirlo, fue peor que desastrosa, y así sus resultados. Sin embargo, nadie votó o dejó de votar desconociendo que Rachetti era el candidato colorado y Garcé era el candidato blanco (¿¿y Novick??…). Pues bien: de cara a las elecciones nacionales del año próximo, es necesario construir una opción competitiva al oficialismo. Digo: no para “jugar al empate” y soplarle las mayorías legislativas al cuarto gobierno frenteamplista, sino para ganar el gobierno, el Poder Ejecutivo, el balotaje; para así reorientar el diseño y la ejecución de las políticas públicas, con el sentido de urgencia, de emergencia nacional, que la situación reclama. La evidencia de las últimas tres elecciones indica que los partidos de oposición, compareciendo por separado en octubre, no ganan en noviembre. Los indicios disponibles no permiten ser más optimistas para 2018. Las fuerzas opositoras, todas ellas, el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente, el Partido de la Gente, están llamadas a articular una coalición que se presente como una alternativa sólida y confiable al oficialismo frenteamplista. Los rigores de nuestra legislación electoral imponen que la coalición se preconfigure en las internas de mayo 2018, y hay mucho para zurcir. El tiempo apremia.

Miguel Manzi
miguelmanzi@gmail.com
Publicado en Portal MontevideoComm y Semanario Opinar. Abril 14, 2018

Déjeme sus comentarios