PACTO Y ANTIPACTO

PACTOS Y ANTIPACTOS

PACTO Y ANTIPACTOAceptemos la definición más elemental de política: “ciencia y arte de gobernar”. A continuación, apliquemos un mínimo torque, y convengamos que política democrática es la “ciencia y arte de gobernar considerando la opinión del mayor número posible de gobernados” (en rigor, de sus representantes; la democracia moderna es representativa). Si estamos más o menos de acuerdo con lo anterior resulta que, en democracia, las coaliciones, acuerdos, pactos, o como se llamen los entendimientos entre partidos o dirigentes, deberían reputarse la opción privilegiada para el diseño y ejecución de políticas públicas. Sin embargo, no siempre es así: hay lugares y tiempos en que las coaliciones, acuerdos, pactos, tienen mala prensa y son mal vistos por la ciudadanía, que los interpreta como repartijas o componendas con fines espurios. Pero quedémonos con el sentido virtuoso de los pactos, que es el sentido natural de la asociación entre los hombres (de paso, saludemos la gigantesca construcción política que significó el Frente Amplio, dilatada y duradora coalición de veintitantos partidos, agrupaciones y movimientos, precozmente corrompida por la demagogia y el populismo encarnados en Vázquez y Mujica y custodiados por Astori). Finalmente, para completar esta larga introducción, demos por bueno que el rumbo de la historia es el rumbo de los pactos (entre los más numerosos, los más poderosos, los más virtuosos, los más sanguinarios, o unos y otros); o, acaso, de los pactos que no fueron.

LO QUE NO PASÓ

Sanguinetti dice, con acierto, que la historia registra lo que pasó, pero no registra lo que se evitó, a veces, igualmente decisivo. Forzando este andarivel, podríamos construir una historia imaginaria a partir de los pactos que, siendo eventualmente posibles en su momento, no se concretaron. Para acercarnos a nuestras circunstancias, se me ocurre evocar dos iniciativas acuerdistas, en los prolegómenos de la independencia, cuya frustración contribuyó decisivamente a definir nuestra identidad nacional. Una: el entendimiento que no cuajó entre los realistas platenses y la princesa Carlota Joaquina, hija de Carlos IV, hermana de Fernando VII (los Borbones españoles depuestos por Napoleón) y esposa de Juan VI de Portugal (el que se mudó con toda su corte de Lisboa a Río, correteado por el mismo Gran Corso). Carlota pretendía proteger/regentear las colonias americanas de su familia española con el sostén de las armas portuguesas, hasta que los franceses fueran desalojados de la península ibérica y su hermano recuperara el trono familiar. De haber prosperado la ambición de la Princesa (que se trancó por todos lados), quién sabe hubiéramos sido parte de una patria grande que hablaría en portuñol. Dos: el acuerdo que nació muerto de la Asamblea General Constituyente convocada por el Segundo Triunvirato porteño, ocasión para la que fueron concebidas las celebérrimas Instrucciones del año XIII; el rechazo de los diputados orientales que eran sus portadores, contribuyó sin duda a su fracaso (aunque es preciso reconocer que las instrucciones artiguistas no estaban pensadas para arreglar, sino más bien para conjurar cualquier arreglo). De otro modo, quién sabe ahora seríamos argentinos. En cambio, la independencia nacional fue fruto de otros acuerdos que sí prosperaron.

ABRAZOS PROPIOS Y AJENOS

Evoco dos acuerdos fundacionales. Uno: Lavalleja y Rivera, los verdaderos tenientes de Artigas (también Oribe), estaban condenados a mantener relaciones tormentosas, por compartir espacio y tiempo luciendo tan ciclópeas dimensiones. Sin embargo, los primeros pasos de nuestro naciente Estado se forjaron a golpes de sus entendimientos. Probablemente el más emblemático sea el Abrazo del Monzón (tras el cual Rivera pasó a encabezar la revolución), que hizo posible el éxito de la Cruzada Libertadora (cualquier intento de rebajar este pacto a los apremios de las circunstancias, se estrella contra la rotundidad de los hechos subsiguientes). Dos: tres años después, se arreglaron cariocas y porteños (los ingleses hicieron de Celestina) y consagraron nuestra independencia en la Convención Preliminar de Paz de 1828, acuerdazo que terminó una guerra y empezó un país. Trascartón, Rivera y Oribe convinieron las dos primeras presidencias constitucionales (para disgusto de Lavalleja; si bien la segunda duró poco). Y a continuación, las luces y las sombras, las cumbres y los valles, la historia de la República en formación. Esa historia nacional, la historia de los partidos políticos, y la historia de todos y cada uno de sus grandes conductores (desde los fundadores hasta los contemporáneos, pasando por todos, toditos, sin excepción), está jalonada por pactos y anti pactos que imprimieron el sello a su tiempo.

LO QUE VENDRÁ

Presentado así mi caso (con la precariedad que impone una columna de opinión), me interrogo ahora acerca de las obligaciones del presente. Desde mi punto de vista, los gobiernos del Frente Amplio registran muchos más errores que aciertos, apenas disimulados por el crecimiento económico, que movió las estadísticas de pobreza, pero mantuvo a 160.000 personas viviendo en asentamientos. Que promovió derechos de última generación, pero se taró frente al aumento explosivo de la violencia y el delito. Que incorporó 70.000 nuevos funcionarios y colocó el gasto público en cotas suicidas a fuerza de déficit y deuda. Que condenó al ostracismo civilizacional al 70% de los uruguayos que no terminan secundaria. Que forzó los límites del estado de derecho y multiplicó el clientelismo, el nepotismo y toda forma de corrupción desde el poder. Que, pese a cuadro tan sombrío, mantiene la adhesión de la mitad del cuerpo electoral. Que, por tanto, se encamina a un eventual cuarto período de gobierno, en cuanto la oposición está fragmentada y el balotaje solo (apenas un artificio electoral) no alcanza para trasladar el voto a segunda vuelta. Pues bien: ya vimos que la historia no pierde tiempo en lo que no se hace, sean sus consecuencias fructuosas o nefastas. Si no armamos una coalición, acuerdo o pacto, explícito, temprano y sólido, programático y político, para plantear una alternativa verosímil y atractiva al Frente Amplio, la historia no le pasará factura a nadie. Pero el daño que infligiría al país otro período de gobierno frenteamplista sería irreparable; y nuestra omisión, inexcusable.

Miguel Manzi
miguelmanzi@gmail.com
Publicado en Portal MontevideoComm y Semanario Opinar. Febrero 12, 2018

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